Es el 25 de mayo de 2023. Han pasado 213 años desde la formación del primer gobierno patrio de Argentina, el día que culminó la Revolución de Mayo y que llevaría a la declaración de la independencia seis años después. Llegamos a la ciudad de Mar del Plata, balneario histórico de la Provincia de Buenos Aires, para una práctica intensiva de zazen, una sesshin. Sesshin quiere decir “tocar el espíritu” en japonés. La ciudad nos recibe con un poco de lluvia y calles embarradas. Tocamos el timbre en Casa Bruzzone, donde funcionó hasta hace poco un museo destinado a preservar la obra del artista radicado en Mar del Plata, figura relevante del movimiento realista argentino.

La llegada a la sesshin

Nos recibe ni más ni menos que el Tenzo (cocinero) de esta sesshin. Con alegría saludamos a las personas compañeras de la práctica: viejas amistades y algunas almas valientes que se animan a practicar zazen de manera intensiva por primera vez. El Tenzo nos sorprende con una cena espectacular: falafel, hummus de garbanzo, mayonesa de zanahoria, de remolacha, de berenjena, ensaladas, pan casero de masa madre, queso, salame, frutos secos, y empanadas vegetarianas.

Con la panza llena y el corazón contento, nos vamos a dormir tempranito.

Primer zazen, 7:00 a.m.

Suena la campanita que indica que es hora de despertarse para el primer zazen. Está fresco y dan ganas de quedarse durmiendo en la cama calentita, pero allí vamos. Poco después suena la madera que anuncia que hay que entrar al dojo. Tac, tac, tac-tác… tac………tac…….tac…..tac…tac..tac.tac.

Nos sentamos en nuestro zafu (almohadón de meditación) mirando hacia la pared. Esperamos con las manos en las rodillas a que suene la campana que indica el comienzo de la meditación. Todavía nos acompaña el frío y el sueño de la noche y se escuchan algunas toses. El cuerpo se resiste a quedarse inmóvil, a veces más, a veces menos, a veces nada. Suena la campana. Nos balanceamos de lado a lado hasta encontrar la vertical. Arranca el zazen.

La campanita anuncia la entrada del maestro Taigen al dojo. Poco después escuchamos: “¡No se muevan! ¡No se bamboleen! No flameen como una bandera. Si buscan una respiración tranquila, se pueden refugiar ahí y no van a necesitar moverse.” Poco a poco se instala en la concurrencia una respiración suave, profunda, silenciosa, calma, íntima. Con la exhalación soltamos los bloqueos emocionales, los malos recuerdos, lo que nos pesa aquí y ahora. Lo enviamos a la tierra, lo dejamos correr.

El dojo durante la práctica de zazen: monjes, monjas y laicos en la postura transmitida por el Buda.
Maestro Taigen durante zazen

El Shusso (coordinador de la práctica durante la sesshin) y el Kyosakuman (auxiliar de la práctica durante un zazen) se levantan para dar el golpe de kyosaku (bastón de madera, cuya traducción sería “bastón del despertar” o “bastón de la atención”), herramienta muy eficaz para combatir los dos estados anómalos que aparecen durante zazen: kontin (somnolencia) y sanran (agitación mental).

Se escuchan golpes en los trapecios que se relajan agradecidos. ¡Paf! ¡Paf! ¡¡Paf-paf!! ¡Con más energía!, pide el maestro. Al exhalar simultáneamente con el kyosakuman, el golpe no sólo no duele nada sino que equilibra la energía de la postura. Poco después, escuchamos otros dos golpes de campana… Kinin!

Kinhin

Kinhin, la marcha ritmada por la respiración

Kinhin es como zazen pero caminando. Se trata de una marcha ritmada por la respiración. Con cada exhalación, damos medio paso, pasando todo el peso del cuerpo al pie que está adelante. El cuerpo se estira, empujamos el cielo con la coronilla y el suelo con el pie. Al inhalar, damos otro medio paso y el ciclo se repite, ritmado por la respiración colectiva. Suena la campana y volvemos a nuestro lugar, para la segunda mitad del zazen.

Poco después escuchamos al maestro decir: “No tienen que practicar zazen, no tienen que practicar el Dharma de Buda, por ustedes mismos. No es para ustedes mismos. No practiquen el zen para su provecho personal. No practiquen el zen para alcanzar un mérito. No practiquen zazen para obtener un beneficio, un efecto. No practiquen el Dharma de Buda para un fin , sea cual sea. Tienen que hacer zazen para zazen. Esto es la verdadera vía. Eso es una verdadera sesshin. No vinimos aquí para divertirnos, sino para encontrar la vía, para buscar la vía.”

Kaijo! Suena un golpe de tambor. Los principiantes saltan en su lugar sorprendidos por el sonido abrupto. “Kaijo” significa literalmente “apertura de la inmovilidad” o “liberación del silencio. Recitamos el sutra del kesa y el Hannya Shyngyo, dos sutras muy importantes para el budismo zen.

Hannya Shyngyo (sutra del corazón) entonado al final de zazen

La genmai

Ahora es el turno de tomar la genmai, sopa tradicional que comen los monjes en los templos zen hecha con arroz y vegetales cocinados por varias horas y por lo tanto muy fácil de digerir.

¡Ahora sí! Nuevamente panza llena y satori y salimos a tomar un cafecito al aire libre, acompañado de budines de pera y coco (¡otro satori!).

Samú 9:30 am

Es la hora del samu, que es es trabajo que realizamos sin interés ni beneficio personal, para sostener el espacio de práctica entre todos. Puede ser cocinar, lavar los platos, poner la mesa, limpiar el dojo, los baños o también coser el kesa, el hábito de los monjes y monjas zen.

Segundo zazen 11:00 am

Suena nuevamente la madera, indicando que tenemos que prepararnos para el segundo zazen de la mañana. Nos sentamos en silencio, inmóviles, concentrados en la postura y en la respiración. Pasa volando.

Almuerzo 12:30 am

Es la hora del almuerzo. Comemos en silencio. Y después, otro cafecito y siesta para reponer las energías y estar disponibles para continuar la práctica durante la tarde.

El resto de la jornada se reparte entre la lluvia, dos zazenes más y la cena, luego de lo cuál nos vamos a dormir para recargar energías. Nos despertamos nuevamente con el sonido de la campanita y nos dirigimos al dojo.

“Gyoji! Gyoji! Your gyoji must be strong!”, rugía el Maestro Taisen Deshimaru, revoleando los ojos como una fiera. Decía: “Si se cansan ayudando al Dharma, practicando la Vía, es un gran mérito; si se enferman, ¡mejor aún! No tengan miedo: la práctica no los destruirá jamás, solamente la no práctica destruye”1.

Por suerte no sólo no nos enfermamos, sino que terminamos felices la sesshin.

Atrás quedó el 25 de mayo y la revolución exterior.

“La verdadera revolución es la apertura de la conciencia y la responsabilización. Simplemente este silencio, esta evolución, llevará al mundo entero dentro del torbellino, el torbellino de las cosas en su lugar, porque la naturaleza fundamental de todas las cosas es revolucionaria. Cuestionar sus propias concepciones revolucionarias es mucho más difícil que apegarse a ellas. Uno llega al silencio, imposible decir algo. Cuando se cuestionan sinceramente las propias concepciones ya ni siquiera se es revolucionario, uno mismo se convierte en la revolución. La revolución viva y silenciosa. Sentarse firmemente, sin objetivo, quedarse inmóvil. Practicar zazen, kin hin, sampai, las tres posturas fundamentales, y samú, el trabajo cuya meta no es el beneficio personal sino el bien de todos. No pretender que se comprende algo. Dejar que espontáneamente emerja la verdad y la fuerza cósmica de uno mismo, enseñar la libertad profunda y la actitud justa a los demás, no para hacer propaganda, sino para ayudarlos realmente y difundir esta influencia para que el mundo evolucione.” 2

Nota: Mauro Namías / Fotos: Pablo Otranto

Referencias bibliográficas

1- Los cinco grados del Despertar Enseñanzas de un monje Zen. Kosen Thibaut, Editions du Relié, 2006.

2 – Zen, la revolución interior. Kosen Thibaut. Editorial Estaciones, 1996. ISBN: 9789501603545

Separador

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